Un espinillo regala aromos en la avenida Alfonsín
(AP Noticias) Un espinillo regala aromos en la avenida Alfonsín

Un espinillo regala aromos en la avenida Alfonsín

Esta semana, caminando por avenida Alfonsín, me detuve a contemplar la belleza que entrega un espinillo cubierto de aromos que ofrecía un maravilloso espectáculo visual con el impacto de los rayos solares, pero a la vez me trasladó a ese entorno de mis años de niño cuando estos árboles eran comunes de encontrar en los patios de las viviendas y baldíos.

Me encontré frente a esa entrega de la naturaleza tan generosa, en la puerta de la primavera y viendo pasar a mucha gente con la cabeza gacha y cautivado por las inflorescencias esféricas (con forma de pequeños pompones) que reflejan la luz intensamente, agradecí como buen cristiano este obsequio que muchas veces tenemos delante nuestro y no levantamos la vista para apreciarlo.

Los rayos del sol, desplegaban una gama que viraba del amarillo al dorado, frente a la vistosa vivienda de la familia Esparza-Rodríguez que disfrutan de este natural ornamento que embellece el lugar, casi como complemento ideal del hogar al que perfuman sutilmente.

Al ser iluminadas por la luz solar directa, las tonalidades de este árbol autóctono varían según la hora del día y la densidad de su floración, en este caso muy tupida y esa vestimenta suma calidez a un espacio que es un rincón de energía.

El espinillo
En agosto comienza su floración y el paisaje se transforma: sus ramas se cubren de pequeñas flores amarillas que forman tupidas “nubes” y perfuman el aire. Sus flores, además de aportar color y aroma al paisaje, tienen distintos usos. Se emplean en medicina natural, elaboración de perfumes y aceites esenciales, mientras que de sus semillas puede obtenerse un colorante natural.

Leyenda del Espinillo
(aromo, aromito, caven, churki o espino).

Eireté (en guaraní: “miel de abeja”) era una joven india casada con Cuimbá, con quien vivió un corto tiempo de felicidad, pues su esposo perdió la vida en luchas tribales y ella quedó con un hijo de pocos meses.

Una tarde, salió a pasear con su bebé y se alejó demasiado, cuando, de pronto, escuchó el rugido de un yaguareté (en guaraní: “cuerpo de perro”).

A pesar del terror, tomó a su hijo en brazos y se internó en la vegetación intrincada y espesa.

Fue allí que Dios intervino, guiándola hacia un tupido monte de aromitos cuyas ramas se abrieron a su paso, para luego cerrarse profusamente, oponiendo tallos leñosos y hojas con espinas al camino de la fiera. La ayuda de Dios continuó, pues ordenó al sol que, ante la inminencia de la noche fría, dejara su calor en el follaje que la albergaba. Así, Eireté pudo pasar la noche con su hijo, llegando sanos y salvos a la tribu al día siguiente.

Desde entonces, en primavera, los rayos del sol duermen sobre los aromitos, quedando después en flores de color dorado.
Villaguay 2026-09-23














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