(AP Noticias) Por Ceferino Azambuyo. Lucho Bengochea llegó a la granja del cielo
Por Ceferino Azambuyo. Lucho Bengochea llegó a la granja del cielo
Hombre de a caballo, bien gaucho en el sentido estricto de la palabra, dispuesto siempre a dar una mano a quien lo necesitara. Su amor profundo por la naturaleza, su particular admiración y cariño por los animales y su humana visión y trato con las personas, lo hizo distinguido.
Raúl Venancio Bengochea fue un hombre de bien e hizo que su vida mostrara la responsabilidad para erigirse como guía en su familia, con inmenso amor, junto a su esposa Mari crio dos hijos; Flopi y Juan con quienes compartieron el sueño familiar transformado en “Granja de la familia Bengochea”, un espacio donde se pueden realizar actividades de senderismo, observación de animales de granja, juegos recreativos, conocer y compartir las tareas cotidianas del lugar.
Esa necesidad de compartir siempre estuvo latente en “Lucho” como se lo conocía y sabía traducir cotidianamente esos momentos en los que mediante historias y sucedidos les pintaba sonrisas a quienes lo escuchaban con atención por la manera de contar esas historias llenas de misterio y picardía, demostrando el intenso niño que perduraba en su interior.
Conocía cada rincón de la granja y podía describir esos momentos especiales compartidos con sus familiares y amigos, conservando ese poder de observación que solo tienen las personas que necesitan estar en contacto con su entorno y las situaciones que son necesarias para anticiparse a cualquier circunstancia en la cual se deba actuar para sortear algún imprevisto, como sucede en la zona rural.
El legado de Lucho es sin dudas un ejemplo familiar y social, por el mensaje de unión y amor por nuestro reino animal y vegetal, basado en la cultura que deviene de nuestros abuelos y debe transmitirse en las generaciones para el cuidado responsable de este tesoro que nos da vida y nos completa, contribuyendo al equilibrio universal, en tiempos donde la destrucción nos conduce a un futuro aún más complicado y amenazante para la vida.
Tenía 72 años, cuando cerró sus ojos y se llevó los tonos de un ejido noroeste donde cada momento intenso de sus días fueron llenos de aire fresco y olor a pan caliente, trinar de pájaros y voces de animales que en su lenguaje sonaban a coro anidando en sus oídos a modo de despedida y de pronto la granja quedó en silencio.
Villaguay 2026-04-12